domingo, 9 de enero de 2011

Y donde está la dignidad


Cruzaba apresurado la pista auxiliar que da al puente que conduce a megaplaza aquel viernes 07, no se la hora, pero era de noche, tal vez las 21:00, pasé tan rápido que apenas lo vi, entrado en años y maltratado por el tiempo implacable tatuado en su rostro, me llevé su imagen en mi cabeza, nariz aguileña, rostro curtido por el tiempo y el clima, cabello cano, cuerpo enjuto sostenido por un par de muletas de esas que se apoyan en las axilas, en su mano derecha tenía lo que sería una especie de adornito de baño para niños, un lugar donde colocar los cepillos de dientes, una especie de punta de lanza de madera adornada con la figura de algún personaje infantil de Disney en su versión baby, estaba unida a una pequeña repisita agujerada para colocar los cepillos y sujetada al resto con un par de clavitos, el material era sencillo, madera prensada. Me pareció buena idea comprar una de esas cosas, así que rehice el camino andado para preguntarle cuanto estaba, con un gesto sencillo me dijo –Dos soles. No puedo evitar recordar su tono de voz, calmado, casi dulce, algo rompió con mi prisa; miré a mi alrededor y al costado de él había una carretilla que ofrecía mollejitas de pollo fritas, le pregunté si le gustaban las mollejitas así, me respondió  con un sí acompañado de una sonrisa franca, cargada casi de infantil complicidad, no tenía tiempo para verlo comer, lástima, me perdí uno de los mejores espectáculos que se pueden ver durante la vida; pero quedó su recuerdo en mi. Pocas veces me he topado con personajes así, tal vez porque estoy acostumbrado a que la gente por unos centavos, que a punta de acumularse se convierten en varias decenas de soles, vendan indolentes su dignidad de seres humanos, exponiendo sus miserias para conmover más al cada vez más inconmovible ciudadano de a pie. A estas alturas y con los kilómetros de calles recorridos no me sorprende en lo más mínimo ver a un tipo arrastrándose y mostrando su pierna putrefacta mientras extiende la mano y pide ayuda económica, ni tampoco a ese cojo que sube al bus a mostrar sus heridas maquilladas en la pierna, mientras casi exige una colaboración a cambio de la sensación de haber ayudado a un prójimo en desgracia, y es cierto, ayudaríamos a un próximo en desgracia, porque realmente es una desgracia, tal vez la mayor desgracia que puede caer sobre una persona, el hecho de que ésta pierda totalmente el sentido de dignidad, de vergüenza, de amor propio y termine por humillarse a cambio de unos centavos.
En tiempos en que más de un actor amateur se disfraza de discapacitado, enfermo terminal, ex adicto, padre desempleado, madre abandonada, donde supuestos ex delincuentes piden “una colaboración a través de un producto golosinario” con tono imperativo, como si fue una obligación comprarle algo o regalarle dinero, como si nosotros fuéramos culpables de sus decisiones incorrectas; en tiempo, decía, cuando tenemos que enfrentar falsos mendigos y vendedores impertinentes, explotadores de niños o peor aún explotadores de su propia miseria, me resulta no sólo refrescante, sino absolutamente sorprendente que existan personas como este señor que mencioné, simple, sereno, sin exigir nada a nadie, simplemente exhibiendo el producto que vende, casi con discreción, no hace alarde de su condición, no pide más de la cuenta, sólo te pide que le compres su porta cepillos si te gusta; recuerdo a otro añoso personaje paseando por las calles de la punta en el Callao, vendiendo unos barquitos hechos artesanalmente de conchitas que él mismo recogía, un dos de abril a las 15:20 de la tarde hace ya varios años, sin pedir limosna, sin acusar a nadie por las decisiones y circunstancias que los llevaron a esa situación, simplemente tratando, con dignidad, de conseguir algo de dinero para vivir con la misma dignidad con la que trabajan.
Resulta triste ver como por culpa de estos estafadores los seres humanos se vayan desensibilizando cada vez más, hasta ser incapaces, por desconfianza, de ayudar a alguien; qué lástima que no se pueda dar una limosna sin quedarnos con la duda de si realmente lo necesita o es que se está burlando de nuestra buena fe.
Mis recuerdos y memorias a ellos, así como al viejecillo ciego y risueño que solía colocarse en alguna cuadra de la avenida Tarapacá en el Rimac para vender unas libretitas a 20 centavitos; han de haber más en Lima, ocultos y discretos, viviendo con valor y trabajando para no tener que mendigar ni renunciar a ese mínimo de orgullo que se necesita para sentirse bien consigo mismo y de los valores que tenemos y que serán, en último caso, lo único que habremos de llevar con nosotros cuando la fría y reconfortante muerte nos llegue.

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