Empecé a entrenar judo más de tres lustros, durante estos años he desarrollado la habilidad de desequilibrar a un oponente y aprovecharme de ello para lanzarlo contra el piso sin importar fuerza, tamaño o peso, cuando algún amigo o amiga nos mira entrenar suele decirme que le sorprende la facilidad con la que derribamos a los menos instruidos, por supuesto es lo segundo que me dicen, porque lo primero se refiere a lo salvaje del deporte, que en realidad no lo es tanto. En los campeonatos los combates duran cinco minutos, pero en realidad duran muchísimo más, a veces años, años de preparación, esfuerzo práctica constante; en esos cinco minutos se resumen las caídas, los golpes, los errores, la perseverancia, la paciencia, las lesiones, los aciertos; todo lo aprendido desde que el judoka empezó a practicar, llegar a ganar una competencia y más aún, ostentar un cinturón negro cuesta harto.
Lograr cierto grado de perfección en el desarrollo de cualquier conducta, no sólo la deportiva, implica un enorme sacrificio, mucha disciplina y sobre todo compromiso total para perseverar pese a todo y a todos, una de esas actividades es la vocación religiosa, no la de clausura o sacerdotal, sino la laica, el precio de ser católico, mejor dicho, el precio de ser un católico consecuente; especie rarísima y difícil de encontrar, lo digo porque alguna vez estuve dentro de La Iglesia Católica y puedo dar fe que la mayoría de las personas que asistían a misa con actitud contrita se dedicaban luego a acumular historias nada santas que confesar para cumplir con el sacramento de la reconciliación, también de los comerciantes de sacramentos enjugados en sotanas y clériman, párrocos con espíritu de vedete a la hora de las fotos, gente emotiva de gran corazón y breve memoria que se olvidan pronto lo que implica su fe; ni que decir de los escándalos mundiales sobre pederastia.
Por supuesto que también hay muchos católicos consecuentes, que viven realmente de acuerdo a su fe, sacerdotes probos, colmados de verdadera caridad o caritas cristiana, mucho más discretos que los otros, gente buena que no ocupan titulares, pero mantienen vivo el sentido de su iglesia. Conocí a una en un diplomado de canto y música, me dejo acercármele a compartir un techito de su vida, largas y madrugadoras charlas en su casa, solfeos y conciertos que me mostraron que tenía ante mí a una católica convicta y confesa. Quien la conozca se dará cuenta que en ella su fe fluye simplemente, es natural en ella, tanto que lo hace parecer sencillo. La mayoría de católicas comprometidas son así, los vemos por ahí, caminando tranquilos, actuando calmados, siendo plenamente felices en su fe, alegres, pacientes, castos, caritativos; engañando con la aparente sencillez que significa abrazar su fe de esa manera, pero si los conocieran mejor sabrían los años de esfuerzo, sacrificio, compromiso, caídas, pecados, tentaciones, arrepentimientos, perseverancia, que tuvieron que pasar y siguen pasando para ser lo que son, para vivir como viven, como cristianos consecuentes; sino pregúntenle a Agustín de Hipona. Ser cristiano no se logra de la noche a la mañana, es un proceso que cuesta y es sólo para los que asumen un compromiso ante su fe y lo aceptan como una forma de vida. No todos pueden seguir ese camino y no todos podrían ser felices en él. Pero si ya están dentro y tienen fe en ello, pues porque no asumir un compromiso real en lugar de uno a medias donde jamás sepan si valió o no la pena, si era o no el camino que debían seguir. Yo lo hice y ahora recluto para el otro bando, digamos que soy un orgulloso mal ejemplo, pero si dejé la Iglesia Católica por el agnosticismo fue por una cuestión de fe, ellos me la pedían pero yo no tenía, jamás fue por falta de compromiso, que traté, pero no crece aquello que no nace, en este caso la fe. Siendo agnóstico encontré la plenitud que no pude en la religión, pero esa es otra historia.


No hay comentarios:
Publicar un comentario