domingo, 12 de diciembre de 2010

Como debería ser la educación en el Perú

En el Perú la educación se ha vuelto un tema espinoso, cargado de política, de mala política, de imágenes de mediocridad y violencia social casi subversiva, por parte de los profesores y de ineficiencia y corrupción por parte de los sindicatos y el estado. En medio de este panorama poco alentador surgen eventualmente políticas estatales que buscan mejorar esta situación, se crean paradigmas, se establecen lineamientos y se promulgan leyes orientadas a mejorar la estrategia educativa; tratar de hacer un análisis de la situación de la educación en el Perú sería harto extenso y no es en si el motivo de este ensayo, además, y considerando que todos y cada uno de nosotros hemos pasado por el sistema educativo nacional, sea público o privado, tenemos alguna idea de lo bueno y lo malo que este posee.
La educación de un país debe estar dirigida en base a la visión de ser humano que este posee, de aquel ciudadano adulto ideal; virtuoso, ético, culto, inteligente, todas estas cualidades que ya se mencionan en la ley general del profesorado o en alguna otra, pero no resultan demasiado ambiguas para plasmarlas en una realidad objetiva y menos aun en un plan estratégico educativo. ¿Cuáles son aquellas virtudes que debería poseer todo peruano? De uno y otro lado vendrían argumentos defendiendo algunos y desechando otros. Para evitar estas interminables discusiones propondremos partir de lo más sencillo, los vicios y defectos. La mayoría de personas jamás llega a estar totalmente seguras de aquello que quieren, pero les es mucho más fácil determinar con claridad aquello que definitivamente no quieren, así pues podríamos darle una mirada a aquellos problemas que más han calado en toda la población y que son motivo de pesar constante en la población. Para empezar tendríamos el problema de la inseguridad ciudadana, los crímenes y delitos que se comenten a diario en todo el país se han convertido en uno de los peores flagelos de la población, generando en ella sentimientos de rabia, frustración, impotencia y pánico, no puede ser de otra manera si sentimos que el progreso económico está vedado pues este se convertiría en un imán para ladrones y secuestradores, incluso asesinos; peor aún cuando el gobierno no hace nada para detener la ola delictiva y menos aún para prevenirla. El segundo problema tan severo y quizás más dañino que el primero es el de la corrupción, los índices de corrupción son casi de película, una reciente encuesta realizada por transparencia internacional, señala que una de cada 4 personas en el mundo ha sobornado a un funcionario público, en nuestro país el porcentaje de corrupción se halla entre el 20% y 30%,  las imágenes de funcionarios públicos indignan a toda la población, pero más allá de ello causan un mal muchísimo mayor, deslizan la idea de que existe un sistema de corrupción tal que permite la impunidad, haciendo que estos delincuentes no paguen jamás por sus delitos, peor aún, podríamos llegar a pensar que una forma aceptable –incluso la única manera- de lograr el éxito en la vida, ese éxito que en el imaginario colectivo se entiende como la posesión de riquezas materiales, que está en función de la capacidad adquisitiva.
La visión del peruano del futuro debe estar exenta de ambas cosas, por tanto su política educativa debe estar orientada a combatir desde las aulas tanto la corrupción como la violencia. Pero como hacerlo si los mismos profesores promueven la corrupción al igual que los padres de familia, más aún cómo hacerlo cuando el grueso de la población peruana carece de los mínimos recursos para vivir con dignidad y nada envilece más que la pobreza.
La distribución equitativa de la riqueza, y sobre todo el acceso a los sistemas de producción es el primer problema político –social que se debería sanear para que, sobre esa base, se pueda formar un ser humano digno.
Superado aquello, la primera acción en una reforma de la educación debe restablecer al profesor como el elemento central del quehacer educativo, eliminar del todo la visión constructivista que coloca al maestro como un mero facilitador, un personaje con un manual de funciones, programable e intercambiable, incapaz de comprometerse realmente con la formación de sus alumnos, el maestro debe recuperar su dignidad y posición protagónica en la construcción del futuro del país; para ello es primordial valorar el trabajo del maestro y eso sólo se puede lograr dándoles sueldos acordes a su labor, eliminando el sentido de competencia salvaje que promueve la ley de la carrera pública magisterial y convirtiéndola en un estímulo a la cooperación mutua en busca de la mejora personal y permanente, pues el hombre sólo puede alcanzar su plenitud en sociedad. Los maestros deben encontrar espacios dentro del colegio –y promovidos por éste- para el intercambio de ideas y renovación de su compromiso vocacional. El estado deberá constituirse como un orientador, definiendo los principios éticos bajo los que se deberá regir todo el magisterio y cuya ruptura –especialmente por actos de corrupción sea del tipo que fuere- será motivo de separación inmediata.
El segundo paso es obtener el compromiso de los padres, de nada vale lo aprendido en la escuela cuando la familia destruye todo valor inculcado en el alumno. Por tanto ambos padres deberán entrar realmente comprometidos con la educación de sus hijos, así pues deberá ser exigencia legal su asistencia a los talleres de escuela para padres y mantener una comunicación constante con el maestro.
El estado deberá garantizar infraestructura adecuada y capacitación de calidad a todos sus docentes, además deberá garantizar al magisterio un tiempo libre suficiente para sí mismo, para dedicarlo a su familia o a sus intereses personales que lo distraigan de su carga laboral y le permitan desarrollarse también de manera integral.
Por último, aunque en realidad paralelo a estos cambios, el contenido educativo deberá estar dirigido no a la adquisición de conocimientos, sino a la adquisición de valores, valores como la honradez, libertad-responsabilidad, respeto y solidaridad como pilares de una formación integral y que constituirá el carácter de ese ciudadano del futuro; valores que sólo se inculcarán cuando ese profesor adquiera un compromiso real con su alumno y demuestre en cada una de sus acciones su congruencia con estos valores.


P.D. Gracias a Pedro Guerra por lanzar la pregunta y a Janina Navarro por ayudarme a responderla

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