Yo estudié toda mi educación primaria en Tarma, en lo que en ese entonces se le conocía como la Gran Unidad Escolar San Ramón, rezago de las construidas como parte de la reforma educativa emprendida por el gobierno del General Manuel Odría. Fueron seis años de plena felicidad, tal como deberían ser las infancias de todos los niños sin excepción; estudiábamos los tres primeros años en las mañanas, de 08:00 hasta las 13:00 y a partir de tercero, desde las 13:30 hasta las 18:30; tuve dos profesoras durante toda la primaria cuyos nombres no recuerdo; pero si recuerdo que nos castigaban metódicamente por cada falta, desorden, lección no aprendida o trabajo no realizado; los castigos variaban desde un jalón de patillas hasta cocachos, reglazos, correazos, el temible sanmartincito de tres puntas, arrodillarse sobre chapitas, sostener un par de libros con los brazos extendidos, estarse parado en un rincón del salón, entre otros más que ya no recuerdo. Si en algo concedo la razón al mensaje, es que no salimos traumatizados en absoluto, no era nada del otro mundo un reglazo o un jalón de orejas, incluso a cierta edad lo tomábamos como una prueba de valor y resistencia física, los hombres no lloran; o al menos no lloran por tonterías como un castigo físico justamente aplicado; al menos era justo a nuestro entender pues las reglas eran muy claras y sin concesiones y no nos cabía cuestionar el juicio del profesor sobre ese asunto.
Pese a todo, no dejo de considerar el castigo físico como la salida barata de un problema de indisciplina que se ha venido gestando tiempo atrás. Efectivamente, sale mucho más fácil un correazo que desarrollar estrategias pedagógicas eficientes; en nuestros días la psicología nos permite desarrollar técnicas más eficientes para manejar las conductas problemáticas de los alumnos, desarrollar autoridad sin llegar a la dictadura, pero mucho depende de las habilidades personales.
Un problema que sólo quiero mencionar tangencialmente es el de la pésima formación docente, esa que nos introduce en un círculo vicioso donde el alumno no respeta al profesor porque el profesor no es digno de respeto, no es posible respetar a alguien que no cumple ni siquiera con sus propias reglas y que lejos de dar ejemplo de perseverancia constancia y disciplina, da ejemplo de inoperancia, irresponsabilidad, mediocridad y lo peor de todo, ignorancia. Es vergonzoso ver a profesores del estado protestando en contra de la evaluación docente, pues saben perfectamente que no van a aprobar el examen, saben que no se han capacitado y que no dominan ni siquiera su propio curso. Esto es una falla de origen pues no pocos estudiantes de educación están ahí no por vocación sino porque algo hay que estudiar y ya que el puntaje no alcanzó para dedicarse a una profesión mejor, pues no les queda más que resignarse con la carrera y tratar de agarrarle gusto en el camino, casi nunca lo logran. La solución es personal, el interés por saber más y mejor sobre lo que enseñamos, ahondar en información reciente y probar eventualmente nuevos métodos de enseñanza es el quehacer propio de cada docente.
Sobre la disciplina en el aula, creo que si valdría dar algunas pautas para ejercerla con eficiencia:
1.- Reglas claras. Las normas son para cumplirlas y hacerlas cumplir, jamás puedo exigir a un grupo lo que yo mismo soy totalmente incapaz de dar; tengo que ser puntual para exigir puntualidad, tengo que preparar bien la clase si quiero que mis alumnos hagan las tareas que les deje, si bien ellos no conocen el tema a profundidad, si pueden intuir cuando la clase es improvisada. Las fechas para presentación de un trabajo son inamovibles, sin concesiones de ninguna clase, si no se entrega en la fecha simplemente no se recibe. Tengo un sistema que personalmente me ha funcionado de maravilla en la universidad; durante el ciclo dejo 10 controles de lectura, 8 de ellos son obligatorios, el alumno tendrá 2 oportunidades para no hacer la tarea, sin importar el inconveniente, si tuvo alguna tragedia o evento justificable, no importa, aún sigue teniendo la posibilidad de aprobar si hace los trabajos que faltan, pero jamás recibo un trabajo fuera de día. Así mismo el sistema de asistencia y participación en clase debe estar normativizado y los alumnos deben saber cuales son esas reglas; no es necesario que se elaboren muchas, toda una legislación para el curso, con unas cuantas normas generales bastarán, estas deben referirse básicamente a la responsabilidad y la relación acción-reacción dentro de un sistema justo, esto equitativo para todos, donde no existen excepciones para nadie.
2.- Tener un adecuado sistema de recompensas – castigos. Las recompensas se deben aplicar después de ejecutada la respuesta o conducta deseada, no pongamos a alumnos como modelos de conducta pues sólo generaremos antipatías y agresión en contra de ellos. Para niveles primarios, la economía de fichas es un reforzador muy eficiente, cada alumno acumula fichas que son entregadas por el profesor cada vez que éste hace algo deseado, acumulando cierto número de fichas el niño las puede cambiar por algún premio que sea muy apreciado por todos; o algún tipo de privilegio. Sirve de mucho el colocar en el salón un cuadro mostrando las notas y el desempeño obtenido por todos los alumnos para que ellos mismos puedan monitorear su evolución y saber que tanto deben esforzarse; el peor error es asumir que todos son iguales y todos son dignos de ser recompensados pues cada quien hace el esfuerzo que puede, desde que es un grupo humano se forma un sistema de competencia y resulta algo más que estúpido el negar esa realidad. Sobre los castigos, estos deben ser aplicados inmediatamente después de que el alumno desarrolle la conducta inadecuada, el castigo además debe ser proporcional a la falta cometida, si es lo suficientemente intenso y correctamente aplicado es mucho muy probable que el niño nunca vuelva a repetir dicha conducta. Un castigo recomendado ante la indisciplina en el salón es sacar, luego de una advertencia, al alumno del salón y dejarlo afuera en un ángulo visible, en la medida de nuestras posibilidades, sólo para nosotros y ordenarle que no se mueva de ese punto hasta que terminemos con el tema y salgamos a hablar con él en privado, que nos explique su conducta, la razón por la que lo hace y lo cuestionamos, pedimos una disculpa, luego que nos la dé lo reintegramos al aula.
3.- Evitar mensajes dobles. Cuando un alumno hace desorden muchos apelan a decirle en todo serio: “por favor guarde silencio” y si persiste en su conducta: “por favor retírese del salón”. ¿Desde cuándo respetar el derecho de los demás a escuchar la clase y respetar al profesor es un favor? Totalmente absurdo. Lo recomendable sería parar la clase en seco, tal vez con una palmada sonora sobre el pupitre, mirar fijamente al alumno y lanzarle una advertencia: “Señor ***** deje inmediatamente de hacer desorden o lo retiro de la clase, ¿entendió?” importante, llamar al alumno por nombre y apellido, hacer la llamada de atención totalmente personal, si no recordamos el nombre preguntémosle y anotemos, que sepa que no es anónimo y que si tenemos interés en su conducta; ese “¿entendió?” no debe quedar sin respuesta, repitamos hasta que responda afirmativamente y en voz alta, como reforzador podríamos preguntar al resto del salón si escucho lo que dijo, así hacemos que asuma un compromiso público y se lo recordamos.
4.- Tus alumnos son alumnos nunca tu “amigos”. Un profesor por debe llegar a ser “amigo” de sus alumnos, la amistad establece una relación lineal, paralela, en igualdad de derechos y condiciones, rompe el sistema de jerarquía que debe existir en una clase. Es importante brindar confianza al estudiante para que pueda sentirse libre de opinar, de expresarse y, llegado el momento, de acudir al profesor en busca de consejo; pero no llegar nunca a un trato igualitario. Para lograrlo basta tener las reglas claras y ser justos al aplicarlas.
5.- Contar con el apoyo de la institución. Es sumamente importante que en caso de quejas o reclamos, la institución actúe con rectitud y no en base a sus intereses económicos, dándole la razón al padre pues él es el cliente y su dinero importa. Un padre jamás debe desautorizar a un buen maestro, la institución nunca debe permitir semejante hecho si lo ve injusto. Lo peor que puede hacer una organización es sacrificar la calidad de su servicio a cambio de un poco de dinero. De negárselo, el maestro debería tener la valentía de renunciar previo reclamo ante las entidades superiores.
Con estos cinco puntos a considerar se podría sobrevivir en clases y poder manejarla adecuadamente, pero el respeto y admiración sólo se logra con el ejemplo, preparando una buena clase, capacitándonos por nuestra cuenta y permanentemente, teniendo una conducta congruente a lo que decimos, vivimos fieles a nuestras convicciones tanto dentro como fuera de la institución educativa.


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