miércoles, 26 de mayo de 2010
¿Madurar o inmadurar?
Cuando éramos niños nos encantaba pasar el tiempo jugando con nuestros juguetes, solos o acompañados. Siempre había “el juguete” que más queríamos, el favorito, ese del que no nos separábamos, ese peluche con forma de personaje Disney del cual no nos separábamos ni para dormir, lo cuidábamos como si fuera nuestro amigo y le dábamos de comer o discutíamos con él, le pegábamos en ocasiones o lo engreíamos como al mejor de nuestros amigos. Pero en algún momento, sin saber como, pero de repente ya no necesitábamos vehementemente de nuestro querido amigo inanimado, de repente ya no era tan importante dormir con él o sacar de nuestro cajón los juguetes de toda la vida para jugar con ellos, desordenarlos, chocarlos unos con otros para luego, agotados, dormir entre ellos hasta que papá o mamá nos vinieran a levantar del piso y colocarnos en la cama. Ese instante no lo recordamos con precisión, sólo sabemos que un buen día nos interesó más comprar un buen par de pantalones a la moda que peinar nuestra muñeca, que saber como maquillarse era más primordial que jugar a la comidita y el juego del papá y la mamá pasó de ser una lejana, ingenua y fantasiosa representación infantil a una sensual e interesante realidad adolescente.
Dejamos la infancia y no nos importó demasiado, la adolescencia trajo nuevas sorpresas, nuevos código para comunicarnos entre nuestros iguales y con los adultos, nuestra personalidad cuajándose y consolidándose a cada prueba de solidaridad, sumisión, conformismo, rebelión e individualidad que pasábamos a veces exitosamente y otras tantas sin tanto éxito que digamos. Al final llegó la ansiada adultez, algo que todo adolescente ansia, el DNI o el pasaporte a todo lo prohibido, desde películas, espectáculos, hasta la ansiada independencia –aunque esta fuera más teórica que real- familiar.
Sin embargo a medida que la juventud se evapora y la madurez avanza empezamos a hacer nuestro mayor esfuerzo por retrasar lo inevitable, la vejez.
A diferencia de las anteriores etapas de nuestras vidas que las disfrutamos y gozamos o esperamos ansiosamente que terminen para que empiece la siguiente, más plena y llena de oportunidades, la vejez es la etapa menos esperada, la que más asusta, la que todos evitan. La gente recurre a cremas, operaciones e infinidad de artilugios para verse siempre joven. Nos aterran la debilidad, el poco atractivo físico, la disminución en las capacidades físicas y el bajo rendimiento sexual (especialmente en hombres). Tememos a la marginación, la soledad, la melancolía, el abandono y la necesidad de tener que recurrir a otros para hacer lo que antes hacíamos por nosotros mismos. Creemos que el mundo es sólo para los jóvenes y que cuando viejos deberemos dar un paso al costado antes que la inercia a la que se mueve el mundo nos aplaste.
Sin embargo todo esto es muy relativo. ¿Qué entendemos nosotros por viejo? Históricamente la ancianidad era sinónimo de sabiduría, la gerusia espartana; por ejemplo; estaba formada por ancianos mayores de sesenta años, considerando que para la época llegar a tal edad era ya en si toda una proeza. Pero esta no es el único caso, en la mayoría de las culturas clásicas los ancianos eran venerados y requeridos para la toma de decisiones pues la experiencia de lo vivido les daba aptitudes excepcionales para tal empresa. Sin embargo en tiempos modernos, donde la tecnología y el conocimiento avanza a pasos agigantados, muchos ancianos se ven así mismos como personas sumamente lentas, tanto físicas como mentalmente, con una muy limitada capacidad para el aprendizaje. Otra vez esto es subjetivo, pensemos por ejemplo en Nick Jagger, ¿Cuantos se ha dado cuenta que el líder de los Rolling tiene 65 años, edad promedio de los miembros de la banda? Pese a ello las jóvenes de 20 años siguen gritando con euforia sus canciones en cada concierto; Joseph Ratzinger alias Benedicto XVI posee sendos 82 años vividos, sin embargo se mantiene en una intensa actividad propia de su alta envestidura; Javier Valle Riestra nuestro gran constitucionalista nació en 1932, hace 77 años, sin embargo aún practica ciclismo en las mañanas y es tal vez uno de los políticos más respetados y carismáticos del Perú; los ejemplos son inagotables, pero el mensaje es el mismo; la vejez es más una idea que una realidad inamovible.
Definitivamente quienes más a contribuido a esta idea errada son los massmedia; la publicidad día a día nos vende la hegemonía de la juventud y belleza, nos crea falsas necesidades a cubrir, entre ellas la del pánico por la vejez y la urgencia de mantenerse eternamente joven; el comercio sexual, el rendimiento en el tálamo (y fuera de él) se han convertido en un símbolo de estatus y poder, a tal grado que muchos deciden definirse ya no por su valía personal, su capacidad para amar, perdonar, ayudar y ser útiles a su sociedad; sino por la cantidad de “polvos” que pueden obtener, contribuyendo a una sociedad más superficial de lo que ya es. Ahora si, entendiendo esto último, podemos entender por que el pánico a la vejez; desde ese punto de vista está totalmente justificado, pero no es real, es simplemente una absurda imagen que la publicidad quiere crear en nosotros; además de hacernos renunciar a una etapa más en nuestras vidas que debe ser gozada y valorada a plenitud, tal cuál lo hicimos con las otras anteriores.
La vejez es simplemente una etapa más en nuestras vidas, algo que tendremos que vivir queramos o no. Pero sólo en nuestras manos está el poder vivirla con calidad y dicha o con angustia y miseria. No llegamos a la vejez al amanecer del día siguiente de un día cualquiera de juventud, es un proceso, la vida nos avisa que ya se acerca y con ello nos envía oportunidades para sembrar amor para cosechar amigos fieles, responsabilidad para cosechar respeto, trabajo y constancia para cosechar éxito. Una vida sana asegura una vejez de calidad, sin achaques, mantenernos saludables, hace un poco o mucho ejercicio nos da buena salud y sobre todo vitalidad. Pero más que nuestras capacidades físicas deberemos orientarnos a cultivar, aspectos trascendentales de nuestra vida, si, transcendentales a la edad, como lo son nuestras virtudes, nuestra solidaridad, sinceridad, respeto, confianza, responsabilidad, para con los demás y nuestra capacidad para aprender y reinventarnos siempre para mejor; sólo sabiendo y valorando quienes somos eliminaremos del todo el miedo a la soledad.
Así como tuvimos que aprender a caminar para luego correr y con ello jugar y disfrutar de nuestro mundo, así también la vejez implica haber transitado adecuadamente por las etapas previas, vivirlas como se debe, a plenitud, aprovechando cada oportunidad y entendiendo que cada cosa tiene su momento, muchas de ellas no se pueden postergar ni adelantar para que podamos gozarlas y ser felices. Elaborar un plan de vida ayuda muchísimo a ello, saber que queremos hacer con nuestra vida y como hacerlo paso a paso; y sobre todo, tener la capacidad de hacerlo con toda nuestra voluntad puesta en alcanzar nuestras metas, nos señalará el camino a una vejez digna y feliz.
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